Era el 4 de Noviembre y no me daba la gana salir. Estaba tan agustito qué cuando me enteré de mi fecha de salida me planté de culo contra la puerta, en postura amenazante, como diciendo: “Si intentas sacarme, tendré que defenderme”
Paso el cuatro de Noviembre; el cinco de noviembre; el seis; el siete. .el quince . . . y yo seguía chapoteando en esa gelatina calentita. Comía a gogo por un tubo que me salía de la tripa. No daba palo al agua (nunca mejor dicho), y dormía cuando (y cuanto) me apetecía. Además, ya sabía que el hombre de las manos blancas aparecía un día sí y otro no, así que termine pillándole la hora y solo tenía que enseñar mi rosado culito un par de minutos al día.
El 2 de Diciembre (y mientras mis posaderas esperaban al insistente hombre de las manos blancas), una luz ilumino mi cabeza, casi a la vez, que unos dedos me agarraban de la mandíbula y tiraban fuertemente de mi. . . .
Ya en el exterior, el hombre de las manos blancas, se vengó golpeándome la parte que más veces había visto durante el último mes. Yo solo pude llorar. . .
Besos a todos.
Jim