22 may. 2008

La noche más larga

Acechaba la noche en un pueblecito recóndito, cerca del lugar donde las montañas se clavan en el cielo. La tarde había resultado muy agradable. Julia, de 20 años recién cumplidos, había pasado toda la tarde jugando con su bebé de no más de 6 meses, pero ya cruzando aquella tardía franja horaria era hora de darle un baño al bebé y acostarlo como hacía siempre.

El pequeño barreño de aluminio ya estaba preparado para el puntual evento que se producía todas las noches. Estaba lleno hasta la mitad y con el típico patito de goma. La colocación de la bañera natural era el epicentro del amplio salón de la casa. La casa era la típica de estos pueblos: salón enorme y con chimenea en la que siempre ardía alguna brasa. Al lado estaba la cocina, la cual había que traspasar para llegar a la salida principal de la casa. Y rodeando a ésta, por fuera, nos encontrábamos justo detrás un montón de troncos listos para calentar aquel hogar.

Julia desvistió al bebé dulcemente y antes de introducirlo en el barreño comprobó la temperatura del agua…era perfecta. Mojo al bebé con el agua y poco a poco lo fue zambullendo en él. El bebé se lo pasaba a lo grande salpicando y jugando con Julia, a veces a ésta la tocaba levantarse a por el dichoso patito ya que su bebé estaba enseñándole a volar.

- ¡Julia! – gritaban desde la puerta a la vez que la abrían.

Normalmente en este tipo de pueblos, tan alejados de civilizaciones masivas, todo el mundo se conoce y a Julia no le extrañó que la puerta se abriera.

- ¿Que tal?- Exclamo Julia al ver a su vecina Carmen cruzar el marco. Aposentó al bebé y se levantó a saludarla.
-Pues muy bien. Es que vengo porque necesito me prestes alguna cosilla.
-No te preocupes, lo que quieras. –
Julia miro al bebé para comprobar que este se lo pasaba en grande jugando con su patito.
- Entonces Carmen, ¿Qué necesitas? – Pregunto Julia.
- Pues mira, estaba cocinando y de repente: ¡chas!, se me ha caído la poca sal que me quedaba. Si pudieras prestarme un poco…
- Claro que sí. Vamos a la cocina. –Julia observo su hermoso y feliz bebé.
- ¡Que grande esta ya! ¡Como se lo pasa en la bañerita! – Exclamo a los cuatro vientos Carmen al ver el interés de Julia por su bebé.
- Bueno, un poquito más grande. . .tampoco mucho – Respondió Julia mientras se daba la vuelta en dirección a su cocina para proporcionar a su vecina la sal.
–Aquí tienes-
- Hay guapa muchas gracias.
– esbozó una amplia sonrisa de agradecimiento y continuo hablando.

- También necesito un poco de perejil, que menuda pinta tiene ese. ¿Y tú qué tal? -insistio Carmen
- Bien, ya sabes un poco preocupada por el trabajo de Andrés. Como todos, si cierran esa fábrica no sé qué vamos a hacer. No sabemos hacer otra cosa. – Se preocupaba Julia.
-No te preocupes mujer que ya estamos a punto de llegar a un acuerdo con ellos y veras como todo se arregla y podemos seguir aquí tan lejos de tanta maldad; asesinos, ladrones, drogas, etc.. – presumía Carmen – ¿Me dirás que se esta mal?. – La acosaba con algún empujoncito.
- Por cierto. Necesito algo de leña cortada por que estoy sola en casa y no se a qué hora volverá mi marido de trabajar. Hoy tenían que estar hasta muy tarde. ¿recuerdas? – lo pronuncio con rin tintín.

Julia la miraba a la cara con media sonrisa pero con el deseo de que se marchara aquella cotilla aburrida. Cogió el abrigo e hizo un gesto con la mano, no sin antes echar otro vistazo al bebé el cual jugaba gritando a dar saltitos. Al observar Julia que el patito estaba en el suelo, lo recogió y se lo lanzo al bebé. Le golpeó en una mano y cayó al agua. El niño grito de alegría.

Mientras caminaban alrededor de la casa Carmen no hacia más que hablar.
-Pues el otro día fui a casa de la vecina de al lado y observe como estaba hablando de forma insinuosa con el lechero....y es que ya se sabe con esa. ¡Mas que las gallinas! – grito en voz baja.
- Como es usted Carmen-replico Julia- es una señora muy simpática y amable con todo el mundo.
- Ya hija pero una cosa es ser amable y simpática y otra que estés media hora hablando con todos los que llaman a tu puerta. – Carmen se iba enfadando con ella misma.
- Jajaja- rió Julia por vergüenza

- Cuidado con el suelo- la advirtió a Carmen.
- Gracias hija. Tu es que no lo comprendes, todavía eres muy joven. Bendita juventud-ahora sí que grito a los cuatro vientos.
- Bueno, ya hemos llegado. ¿Cuantos se llevará?, Carmen. – preguntó Julia ya hartá de los comentarios de la vecina.
- Pues tres de los pequeños hija. Porque no voy a poder con más. – respondió Carmen

Julia abrió la puerta donde estaban bien guardados y eligió tres de los que no tenían corteza.

Carmen los recogió de las manos de Julia y empezó a colocarlos debajo de la alta ventana que existía en este lado de la casa. Primero uno. Después el segundo y un tercer ultimo.

Julia intento cerrar la puerta de la leñera. Pero no pudo. Varios trozos se habían descolocado y el de más abajo tenía una de las esquinas introducida justo en donde se pliega la puerta. Julia tiro fuertemente y logro sacarlo pero también logro que otros rodaran…

- Julia hija. . – interrumpió en plena batalla con los troncos de leña –
-¿Quéeee? – respondió desganada.
- Nada mujer, pero creo que se te está quedando la comida. . . .

Julia dio un respingo y al darse la vuelta Carmen observó su cara desencajada. En ese momento Carmen grito mientras corría hacia la casa al ver la cara de su vecina y adivinar que no había nada puesto en el fuego…al menos comida.

Corrían las dos lo más rápidamente posible mientras por las ventanas laterales observaban el agua teñida de rojo y el bebe inclinado, durmiendo tranquilamente con la espaldita apoyada en un lateral.
Siguieron corriendo por el lateral. Ahora la posición del bebe había cambiado.
Se había escurrido hacia abajo y se podía ver la planta de los pies y sus piernecitas de color negro carbón. Justo ahora comprendía Julia que cuando le lanzo el patito al barreño su bebé no jugaba a dar saltitos, sino que intentaba salir del agua por que le estaba empezando a quemar.

Los gritos fueron desgarradores.

Por la ultima ventana, situada al lado de la puerta, pudieron ver como el bebé terminaba de zambullirse, en posición fetal dentro del barreño, y las burbujas eran ya muy visibles por el punto de ebullición que habia alcanzado el agua.

Al abrir la puerta, la situación era irreversible.
¡POP! Salto la cabeza del patito de goma, con el que minutos antes jugaba el bebé y emitió ese sonido característico que hacen todas las ollas cuando la comida ya está casi lista, shhhhhhhhhhhhhhh......

Julia cayó al suelo de rodillas. . .


Saludos Jim

"Ésta leyenda urbana es una crítica a los jóvenes y sus descuidos. Es típica de países del Este en los que la mayoría de las casa son de este tipo y en donde se siguen utilizando barreños para asear a los niños. Solo es una leyenda urbana. Pero seguro que para la pobre Julia fué la noche más larga de su vida y por desgracia se le repetirá en sus retinas el resto de su vida"

5 comentarios:

show dijo...

Que graaaaande Sadob, muy grande.

Gran historia, nos servirá en un futuro para los que tenemos mala cabeza.
Hay errores en la vida que no se dejan de pagar y que noche tras noche se repite en sueños..

un abrazo

Paula dijo...

Joder!, perdón.

La piel de gallina imaginándomelo, ubbbrbbrbbbr....

Muy bien escrito...has echo que me olvidara del niño para despues...despues...bueno todos sabemos el "despues".

Besos Jim.

Raquel dijo...

La piel de gallina a mi también se me acaba de poner.

Muy buena historia. En serio. Muy buena!!!

Besoss

ANYE dijo...

Algo más difícil es, que en las leyendas, resulta complicado describir los temas de los niños...,
Estupendo y escalofriante relato.
Saludos.
ANYE

sonia dijo...

Puff, madre mía... una historia para no dormir! los pelos de punta Jim.

Besos guapo